El mayor miedo al que se enfrenta un luchador…

Conteo de 20 segundos por Edrich Ballesteros

Desde que vimos por primera vez una función de lucha libre en la vida, sobre el ring estaban esos hombres y mujeres que parecían invulnerables, poderosos, indestructibles, esos que se veían más fuerte que cualquiera de nosotros como simples mortales que somos, los luchadores sin duda representan el poder en toda su extensión.

Pero quizás no nos damos cuenta, que al bajar del ring y despojarse del equipo, se vuelven tan humanos como cualquiera, tienen dolor, sufren, pero sobre todo, se deben enfrentar al mayor temor de cualquier luchador, y me refiero a las lesiones.

El luchador da todo en el ring, a veces de manera inmerecida, pero lo lleva en la sangre, es parte de su formación, no se puede dar el lujo de dar una actuación mediocre, más si quiere ganarse un lugar y un reconocimiento entre la afición, por eso, se atreve a hacer lances que van más allá de la simple osadía, no, ellos ya están en el nivel de arriesgar su vida, y como dije, a veces, de forma inmerecida para el público que no aprecia dicha demostración de valentía.

El luchador constantemente se desgasta físicamente, a veces, sin saberlo, algo no está funcionando bien con ellos, y no es sino hasta que el dolor y las molestias se hacen presentes, que entonces el luchador toma conciencia de que algo está mal, y al momento de ir con un doctor, se enfrenta a la terrible noticia de que algo en él, está mal.

Y es que seamos sinceros, el luchador muchas veces, tiene una sobrecarga de trabajo que no le permite reposar su instrumento de trabajo que es su cuerpo, tiene que trasladarse continuamente lejos de su lugar de residencia, tiene que luchar hasta dos o tres veces el mismo día, tiene que seguir entrenando, tiene que seguir, seguir, seguir… y eso, el público no lo ve.

Podríamos pensar que ellos por ser deportistas profesionales, están en constante revisión y seguimiento de su salud, que si les pasa algo, los promotores los llevarán al mejor hospital para que su elemento se reponga, pero la realidad está tan alejada de esto, como lejos está el día en que esto cambie.

El luchador profesional no tiene prestaciones ni seguro médico, pues muchos de los promotores los contratan por evento, algo así como por honorarios, lo que no crea entonces una obligación sobre la persona, pues cada quien cumple con sus obligaciones de presentarse, de pagar y listo, ahí queda, y eso, en el mejor de los casos, porque otros, como ya he mencionado en otras columnas, ni siquiera han sabido hasta hoy lo que es cobrar lo que vale su trabajo sobre el ring.

El luchador lesionado se enfrenta en la mayoría de los casos sólo ante la lesión, salvo que tenga un trabajo adicional a la lucha libre que le permita ir a un hospital del seguro social, o que haya previsto que esto podría pasar en algún momento y ahorró para un caso así, de lo contrario, insisto, el luchador está sólo, en ese terrible momento donde no hay aplausos, no hay reflectores, no hay ese ruido que alimenta el alma y les llena de adrenalina, no, ahí están ellos, solos, y sin saber qué hacer.

Hay de lesiones a lesiones, la mayoría con reposo pueden resolverse, pero hay otras donde se necesitan estudios, donde se necesita atención especializada, donde todo es incertidumbre, y ahí es donde más sólo se siente el luchador, porque no cuenta con los recursos para todo esto, y entonces viene la desesperación.

El gremio luchístico se une en muchas ocasiones para ayudar, pero nunca faltará el abusivo, yo aún soy de la idea que una función a beneficio si bien es alimento para el alma del que lo necesita, es un derroche de recursos pues lo que se junta una vez que se cubrieron los gastos necesarios para una función, a veces no alcanza para la mitad de lo que el luchador lesionado necesita, pero como dicen: la intención es la que cuenta.

No todos los luchadores tienen el apoyo de su gente, más cuando ellos son quienes sostienen un hogar, y eso, no lo vemos, no lo imaginamos siquiera, porque solo conocemos lo que apreciamos sobre el ring, esos hombres y mujeres que son como héroes que nada les pasa, pero al salir el último aficionado de la arena, el héroe se vuelve mortal.

Muchos regresan, otros no, algunos mejor se retiran, otros buscan aludir a las viejas glorias y se les ve afuera de las arenas pidiendo apoyo, otros no tienen la fortuna de contarlo y otros saben que en su condición, eso ya no es vida…

Son las lesiones, el peor enemigo del luchador, seguido de la indiferencia y del abandono que tienen de todos aquellos a los que alguna vez sirvieron, el público los va olvidando porque llegan otros a ocupar su sitio, pero la persona que está debajo del personaje, ese, es el que nos debería preocupar, ya no como aficionados o parte del gremio luchístico, sino como seres humanos.

El luchador da la vida en el ring, y la pierde desde el momento en que les dicen que no podrán volver a subir…

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